Editorial — dr.alvaro.mendoza@outlook.com
Cada cierto tiempo el debate económico peruano se reduce a una pregunta aparentemente fundamental: cuánto crecerá el país el próximo año.
La pregunta parece técnica, pero es profundamente limitada. El crecimiento en el Perú rara vez ha sido el problema principal. El país ha demostrado, durante décadas, una capacidad notable para recuperarse después de crisis políticas, sociales o externas. El PBI sube, baja y vuelve a subir. Sin embargo, la sensación de progreso no se consolida.
El problema no es la velocidad de la economía.
Es la continuidad de las decisiones.
El país de las oportunidades postergadas
El Perú es una economía donde el potencial nunca desaparece, pero tampoco se materializa completamente. Proyectos se anuncian, inversiones se evalúan, reformas se discuten. Todo parece posible, pero pocas cosas se vuelven permanentes.
Esto genera un comportamiento colectivo peculiar: el país no se paraliza, pero tampoco acelera. Avanza intermitentemente.
El empresario no cancela inversiones; las aplaza.
El consumidor no deja de comprar; posterga decisiones grandes.
El inversionista no abandona el mercado; espera claridad.
La economía no cae: entra en pausa.
Crecimiento sin confianza
Durante años se pensó que la confianza dependía del crecimiento. La evidencia peruana sugiere lo contrario: el crecimiento depende de la previsibilidad.
Los agentes económicos toleran impuestos altos, regulaciones exigentes o entornos competitivos complejos. Lo que no pueden administrar es la incertidumbre constante sobre las reglas del juego.
La inversión no requiere necesariamente optimismo político. Requiere horizonte temporal.
Sin horizonte, toda decisión se vuelve provisional. Y una economía basada en decisiones provisionales nunca alcanza eficiencia plena.
La ilusión del corto plazo
El debate público suele concentrarse en indicadores inmediatos: inflación mensual, tipo de cambio diario o crecimiento trimestral. Son variables relevantes, pero no determinantes del desarrollo sostenido.
El verdadero indicador de progreso económico es menos visible: la duración promedio de las decisiones.
Cuando las empresas planifican a un año, la economía opera en modo defensivo.
Cuando planifican a diez años, la economía invierte en productividad.
El Perú vive mayoritariamente en el primer escenario.
El costo invisible de la incertidumbre
La inestabilidad no siempre se refleja en crisis abiertas. Su efecto principal es acumulativo: menor inversión en tecnología, capacitación y expansión.
No produce recesión inmediata, pero sí crecimiento potencial reducido.
El país no pierde lo que tiene.
Pierde lo que podría haber tenido.
La diferencia entre ambas situaciones no es estadística, es histórica.
Un cambio de enfoque
La discusión económica debería desplazarse desde cuánto creceremos hacia cuánto tiempo podremos decidir sin sobresaltos.
El desarrollo no depende únicamente de políticas correctas, sino de su permanencia suficiente para generar efectos.
Las economías prosperan cuando el futuro es imperfecto pero predecible. No cuando es incierto pero prometedor.
Conclusión
El Perú no enfrenta principalmente un desafío de expansión económica, sino de continuidad institucional. Su principal limitación no es la falta de recursos ni de iniciativa privada, sino la imposibilidad de sostener expectativas estables en el tiempo.
El país no necesita sorprender positivamente cada cierto periodo.
Necesita dejar de sorprender negativamente cada año.
Cuando las decisiones puedan mantenerse más tiempo que las discusiones, el crecimiento dejará de ser una meta y pasará a ser una consecuencia.





